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¿Y si los virus fuesen un mito?

A estas alturas del siglo XXI, en que todo nos resulta tan familiar, hablar de los “virus” y de sus fatídicas secuelas, quizás resulte un shock conocer que su existencia no es algo tan probado como en principio pudiéramos creeré. Es más, nadie ha sido capaz de demostrar científicamente su existencia.

Una minoría extensa de médicos, en todo el mundo, niega en rotundo la existencia de los virus como entidades infecciosas y rechaza el origen vírico del grupo de enfermedades clasificadas como tales.

¿Están estos médicos en lo cierto? Y, si tuvieran razón, ¿cómo explicar la gran cantidad de enfermedades descubiertas a lo largo del siglo que han sido atribuidas a los virus? Y, ¿cómo se justifican las vacunaciones masivas que se han producido y se producen con el fin de liberar a la sociedad de enfermedades de origen vírico? ¿Cómo explicar que cada período de tiempo se descubran más y más enfermedades nuevas atribuidas a virus igualmente nuevos?

Una historia llena de lagunas

Si cualquier persona interesada prestase atención a la historia de la existencia de los virus, comprobaría que desde el principio han existido una serie de contraindicaciones y lagunas científicas no explicadas y que se han dado como comprobadas algunas afirmaciones que están lejos de haber sido contrastadas con rigor científico.

Corrían los años veinte y Occidente había recuperado el pulso de su economía después de la Primera Guerra Mundial. En los últimos cincuenta años, la Medicina y la Farmacia se habían convertido, gracias a la revolución industrial en dos potentísimas industrias que pretendían combatir mediante vacunas, unas enfermedades infecciosas, supuestamente producidas por bacterias. La publicidad presentó estas vacunas como la salvación de la humanidad, aunque fueron un fracaso, ya que la mayoría fueron desechadas por inútiles y el resto sustituidas por otras nuevas, posteriormente abandonadas y así sucesivamente.

La clave: buena alimentación e higiene

A pesar de esa realidad que todo el mundo puede constatar, desde los campos médicos y farmacéuticos se afirmó que esas vacunas y medicamentos –retirados pocos años después-, fueron los responsables de la disminución de las muertes por infecciones y que nada tenía que ver el hecho de que la población europea tuviera entonces mayor acceso a una alimentación más   variada y a mejores condiciones de vida. Sin embargo, cuando unos años después estalló la Segunda Guerra Mundial y desaparecieron esas circunstancias de bienestar (mejora alimenticia y económica) volvieron las enfermedades infecciosas.

Población vacunada y enferma

Estas infecciones, que habían disminuido en el periodo de entreguerras, se cebaron sobre una población que, para más inri, estaba vacunada contra ellas y por tanto “protegida” contra las infecciones. Lo que ocurrió fue que, de nuevo, la población se vio privada de alimentos, y de una infraestructura higiénica mínima. De hecho, tras la guerra volvieron a desaparecer las enfermedades infecciosas.

Paradójicamente los científicos, sobre todo los norteamericanos, empezaron a describir multitud de enfermedades infecciosas, que esta vez y según ellos, no eran producida por bacterias, sino por virus. Desde entonces no han dejado de descubrirse nuevos virus causantes, según los técnicos, de muchas enfermedades antiguas (gripe o varicela), y de reciente descripción (SIDA). Sin embargo, desde siempre han existido médicos que han negado que los virus causen enfermedad alguna. ¿Cuáles son sus razones? ¿Cuáles son las críticas al método científico utilizado por los descubridores de los virus?

Un método muy cuestionable

La principal laguna que todavía no ha sido aclarada por los virólogos es el método por el cual llegaron a la afirmación de que los virus eran entidades ajenas al cuerpo que tenían carácter invasor.

La única forma de visualizar a los virus es mediante el microscopio electrónico. Este aparato no permite la observación de tejidos, ni de células, ni de bacterias “in vivo” ya que su cámara de observación necesita del vacío y de la fijación en parafina de lo que se tenga que observar. Por esa circunstancia no se pueden percibir movimientos vivos.

Jamás vistos

Lo que sí se puede observar es material biológico muerto y parado para siempre. El microscopio electrónico les mostró una célula muerta y junto a ella encontraron unos corpúsculos cuya composición era ADN o ARN rodeados y encapsulados por una membrana que tenía la misma composición que la membrana celular. Esa imagen fijada no puede tener movimiento, es decir, no se puede ver si esos corpúsculos salen o entran o si van a la derecha o a la izquierda.

Restos celulares

A pesar de esta imposibilidad técnica, los virólogos afirmaron, sin poder demostrarlo científicamente, que aquellos corpúsculos entraban, atacaban y eran extraños a la propia estructura celular.

Nunca hasta la fecha se ha podido observar esta invasión, ni ningún otro movimiento de estos corpúsculos, pero los técnicos no vacilaron, ni tuvieron ningún problema en afirmar que eran alienígenas, a pesar de que tuvieran una composición química igual a las estructuras celulares junto a las que se encontraron. Dadas las circunstancias, lo más racional hubiera sido afirmar que esos corpúsculos salían, no que entraban; es decir, que eran restos celulares. Este fenómeno ya era conocido por la biología celular: Se le llama exocitosis.

Intereses económicos y falta de rigor

¿Qué les llevó entonces a decidir que eran organismos extraños, en contra de toda lógica científica? La respuesta, desde el punto de vista científico, es la falta de rigor. Y, desde el punto de vista sociológico, fueron y son los intereses económicos.

Si se trata de un proceso de limpieza celular, no se debería entonces atacar esos corpúsculos con productos químicos como si fueran invasores, sino dejarles salir. El gasto en medicamentos y vacunas es, por tanto, innecesario. Los técnicos oficiales y la industria farmacéutica que subvencionaba las investigaciones, se decantaron obviamente por la interpretación carente de rigor científico, porque económicamente habían descubierto “la gallina de los huevos de oro”. Ésta es la opinión que domina el mundo médico y científico actual, y que les ha permitido que cada año se vacunen millones de personas en el mundo y que la industria farmacéutica prospere.

Enfermos por la acumulación de tóxicos

Al igual que los médicos tradicionales, los médicos disidentes defienden que las enfermedades atribuidas a los virus, no son más que procesos de limpieza orgánica causados por acumulación de productos químicos y medicamentos. Esto explicaría la gran cantidad de enfermedades víricas que han aparecido en Occidente en los últimos años, coincidiendo con la abundancia de plaguicidas, desinfectantes, insecticidas, medicamentos, conservantes, colorantes, polucionantes atmosféricos, etcétera.

El inexistente virus de la hepatitis B, por ejemplo, fue descrito a finales de los cincuenta, con unas características nefastas: se transmitía por la sangre, era enormemente agresivo y resistía los métodos clásicos de desinfección. Su “invención” ha enriquecido a las industrias fabricantes de jeringuillas y material quirúrgico desechable. Éste, además, ha de ser vendido cada año en la misma cantidad que el total utilizado y desechado.

¿Salud o dinero?

Se trata, por tanto, de un negocio seguro que cada año multiplica sus beneficios. El SIDA nació en 1981 y es un ejemplo de la combinación de la falta de rigor científico con los intereses económicos de los laboratorios y la intoxicación química; para urdir una farsa que nos ha engañado a todos y que está ocasionando miles de muertes cada año.

Conflicto de intereses

La falta de ética se notó desde el principio cuando el Dr. Robert Gallo presentó unas nucleoproteínas diciendo que eran el virus del SIDA y que él mismo lo había descubierto. Sin embargo, poco después, el Dr. Luc Montagner denunció ante los tribunales al Dr. Gallo, acusándolo de robo; puesto que Montagner le había enviado esas nucleoproteínas a Gallo unos meses antes de que éste último proclamara a los cuatro vientos que las había descubierto él solito en su laboratorio. De esta forma, entraron en conflicto para repartirse el dinero que la patente internacional sobre el virus produce. Por cierto, que ganó Montagner y gracias a ellos ahora es inmensamente rico.

El VIH no es la causa del SIDA

Por otra parte, el público no conoce la existencia de un grupo, cada vez más numeroso, de científicos y médicos que niegan que la causa del SIDA sea el virus VIH. Entre ellos destacan el Dr. Peter Duesberg, miembro de la Academia de la Ciencias de USA; el Dr. Mullis, premio nobel de Bioquímica en 1993; el Dr. Hassing, Catedrático de Inmunología de la Universidad de Ginebra; el Dr. Kremmer, Director del Programa Antidroga de Alemania Federal en la década de los ochenta; el Dr. Lanka, virólogo de la Universidad de Constanza y muchos otros que niegan la existencia del virus VIH.

Voces silenciadas

Pero si no se trata de un virus ¿cuál es la causa del SIDA? ¿Por qué no han sido escuchados estos científicos disidentes? La respuesta a la última pregunta es la censura académica, política y económica que ha impedido que la opinión de estos científicos haya llegado al público. Y en cuanto a la causa del SIDA no es otra cosa que la acumulación de tóxicos químicos por parte de los enfermos.

¿Qué clase de tóxicos? Básicamente, drogas y medicamentos. Todos los casos de SIDA terminal se han dado y se siguen dando en personas con drogadicción o tratadas con antibióticos o quimioterapia.

AZT mortal

Para redondear esta terrible realidad, todos los médicos disidentes afirman que la administración de AZT, el tratamiento específico de estos enfermos, los está conduciendo irremisiblemente a la muerte. Por tanto el AZT no puede producir otra cosa que la muerte a medio plazo. Otra vez queda patente que la causa del SIDDA no es un virus (que todavía no ha podido ser aislado) sino la intoxicación química.

¿Puede hacerse extensible lo ocurrido con el SIDA al resto de enfermedades atribuidas a los virus? Nosotros los médicos disidentes, no tenemos ninguna duda. Tampoco ningún interés económico, puesto que no recetamos vacunas, ni vendemos medicamentos antivíricos. Por el contrario, recomendamos la abstención del consumo de productos químicos y tóxicos como única solución.


2 comentarios

  1. Mario

    Da para pensar

    1. eco oasis

      Eso es realmente interesante. Que unopiense por sí mismo y no se crea a pie juntillas, ni esto pero tampoco lo otro. El sistema no tiene ningún interés en la salud de las sociedades, sino más bien todo lo contrario.

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